Toque a rebato: «Hay que votar al PP»

viernes, 24 de febrero de 2023

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibe al presidente nacional del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, en La Moncloa el pasado 7 de abril.



Un profesor de la universidad nos decía que «se aprende durante el curso; cuando llegan los exámenes, uno estudia para engañar al profesor». El periodo preelectoral es el mes de examen de los políticos. Los partidos, desde el secretario general hasta el último limpiaplatas, se ponen en modo «engañar» y empiezan a repetir mantras electorales.

En mi caso, el asedio mántrico comenzó el sábado pasado en una comida de amigos donde había una clara mayoría de votantes del Partido Popular. Y me temo que durará hasta las elecciones autonómicas de mayo, para resucitar de nuevo en otoño para las generales. Todos repetían el mantra central: «Hay que echar a Sánchez, ergo hay que votar al PP».  Y es que en la cabeza de los votantes del Partido Popular, la única forma de echar a Sánchez es votar al Partido Popular, ya sea desde un convencimiento pleno o con la nariz tapada.

Su argumento principal es que, como la ley d’Hondt favorece a los partidos más votados asignándoles un número más que proporcional de escaños, hay que concentrar el voto de centro derecha en un solo partido y así maximizar el resultado en escaños. El «Voto Útil» elevado a los altares. Lo que parecen desconocer algunos es que el Voto Útil no funciona siempre, y particularmente no funciona en las presentes circunstancias.

Es verdad que la Ley D’Hondt perjudica en el reparto de escaños a los partidos nacionales que obtienen un porcentaje menor de votos. Pero también hemos visto en la práctica que ese efecto tiene lugar solo por debajo de un cierto umbral de votos a nivel nacional. Así, vemos que partidos que reciben el 7% de los votos nacionales obtienen efectivamente sólo 10 escaños y, sin embargo, partidos con el 15% de los votos nacionales, logran más de 50 escaños. Apenas el doble de votos, pero más de cinco veces el número escaños. Es el caso de Ciudadanos y Vox en la última legislatura.

Por eso, asumiendo que son ciertas las últimas encuestas publicadas, que dicen que la intención de voto a Vox es de un 14,9%, se da la paradoja de que, para el Partido Popular, es importante que Vox no caiga por debajo del 15% de los votos, donde la Ley D’Hondt empezaría a perjudicar a Vox de forma clara, y las posibilidades de «echar a Sánchez» se desvanecerían. Si esta es la situación, el Voto Útil debería dirigirse a asegurar que Vox resulta el tercer partido más votado, sobre todo en las provincias donde al Partido Popular le sobren votos. Por eso es necesario analizar el Voto Útil caso por caso, circunscripción por circunscripción; aplicado de forma general puede ser contraproducente. ¿Admitirá esto algún votante del Partido Popular?

La política, como ciencia práctica y social que es, depende del comportamiento humano y es muchas veces impredecible. Los análisis que se han hecho de las últimas elecciones autonómicas de Andalucía, por ejemplo, donde Juanma Moreno ha logrado la mayoría absoluta de forma inesperada, apuntan a que muchos votantes tradicionales del PSOE votaron al PP porque preferían un gobierno en solitario del PP a un gobierno de coalición PP-Vox. ¿Tiene esto sentido? Desde el punto de vista del votante de izquierdas que aborrece a Vox, sí. Paradójicamente, esto significa que en ciertas circunstancias (por ejemplo, ante una perspectiva de victoria clara del centro derecha) la presencia de un Vox fuerte puede proporcionar aún más votos al PP, en vez de «robarle votos», como argumentan algunos. ¿Significa esto que la situación se va a repetir a nivel nacional? Chi lo sa.

Otra consideración respecto al Voto Útil es si, incluso en aquellos casos en que sea tácticamente efectivo, puede decirse que sea moral. ¿Es aceptable que una persona se vea obligada a votar a un partido que no le gusta porque, si vota al que quiere, su voto «valdrá menos que el de su vecino»? La táctica del Voto Útil se aprovecha del mal diseño de la ley electoral para proteger a algunos partidos a costa de una peor representación de la sociedad en el parlamento. Y la inmoralidad aumenta en tanto que los partidos que han tenido más oportunidades de cambiar este diseño electoral fallido, PP y PSOE, sean precisamente los que con más ahínco llamen al Voto Útil en sus campañas.

Finalmente, el Voto Útil es un incentivo perverso que lleva al bipartidismo, que a su vez lleva a más corrupción. Por ejemplo, si los votantes que piensan votar a Vox decidieran ejercitar el supuesto Voto Útil y votar al PP de manera significativa, reduciendo los votos de Vox del 15% estimado al 5%, la Ley d’Hondt perjudicaría masivamente a Vox, que sacaría menos de diez escaños. Vox quedaría tocado moral y financieramente. Y en las siguientes elecciones, el Partido Popular clamaría aún más fuerte por el Voto Útil, aludiendo al perjuicio causado por ese 5% de votos «desperdiciados» en las elecciones anteriores: cuatro años después nadie se acordaría de que gran parte de ese voto fue prestado. Y así ocurriría sucesivamente, hasta la destrucción del partido. Esta es la forma en que han muerto algunos partidos políticos en España. Y una democracia en la que no hay opciones entre las que elegir, es menos democracia.

¿Quizá es que los que reclaman el Voto Útil, que como hemos visto antes podría llegar a perjudicar su aritmética parlamentaria, buscan gobernar a corto plazo pero tienen un objetivo tanto o más importante a medio plazo: eliminar a la competencia?

Cada uno debe considerar cuáles son sus objetivos, sus circunstancias, y decidir su voto por sí mismo. Pero no me dejaría atrapar por ningún mantra, por mucho que lo repitan.

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