«Home-Schooling». Educar en el hogar

lunes, 12 de diciembre de 2022

Viejo maestro y su alumno / Quiringh van Brekelenkam, Museo Hermitage, San Petersburgo (Rusia)



Hace más de quince años, en la presentación de mi libro «La gran estafa. El secuestro del sentido común en la educación», alguien me preguntó qué opinaba del «home-schooling» («educación en el hogar»). Entonces, sin conocer muy bien el grado de extensión de este «modelo educativo» que nació como tal en EEUU, contesté que era una solución muy particular para quienes querían huir de un sistema oficial de enseñanza que no les satisfacía. Creo que hoy, a pesar de las posibilidades que ha abierto Internet y de la experiencia positiva de algunos padres durante los meses que las escuelas han estado cerradas por la pandemia, contestaría más o menos de la misma forma.

El movimiento home-schooling tiene un antecedente ideológico en la corriente anarquista de Mayo del 68. Los «libertarios» de Mayo leyeron al filósofo austríaco Ivan Illich (1926-2002) y, en particular, su libro «La sociedad desescolarizada» (1971) en el que cuestionaba los fundamentos de la institución escolar. Illich había sido sacerdote católico en un barrio pobre de Nueva York, y en 1960 fundó el Centro Intercultural de Documentación de Cuernavaca (México) como centro de innovación y estudio de alternativas pedagógicas, que interesaron a quienes, después de las revueltas de Mayo, buscaron «otra educación». En 1972, un pedagogo norteamericano, Everett Reimer, principal colaborador de Illich en Cuernavaca, publicó «La escuela ha muerto», otra lectura de referencia de los sesentayochistas. El centro fue visitado por intelectuales izquierdistas de los años setenta. El propio Illich cerró el centro en 1976.

Illich, más que ofrecer soluciones, quería demostrar no sólo que la institución escolar no era necesaria, sino que robaba al niño su capacidad de pensar por sí mismo, su creatividad y su autonomía. Si se persigue la libertad, decía Illich, es preciso acabar con la escuela. En los años setenta aquello sonaba como una utopía irrealizable. Hoy en día, hay quienes piensan que algunas de las ideas de Ivan Illich podrían ser recuperadas.

Actualmente, en EEUU, la educación en el hogar se considera como una opción más de las contempladas a la hora de escolarizar a los hijos. Una opción que está permitida en los cincuenta Estados, cada uno de los cuales puede regularla a su manera; hay administraciones que lo admiten sin poner pega alguna, y otras que, por el contrario, no conceden la autorización si no se cumplen una serie de requisitos más o menos exigentes.

En Francia y en el Reino Unido la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años, pero no lo es la escolarización. Por tanto, la educación en el hogar está aceptada con ciertos requisitos. Los motivos por los que los padres deciden renunciar a la escolarización de los hijos y organizar su enseñanza en casa, suelen ser de tipo religioso o ideológico, por problemas de salud del niño, por frecuentes cambios de residencia familiar, porque se busque una formación muy especializada (artística o deportiva) o, sencillamente, porque no encuentren ningún colegio que les satisfaga.

En España es obligatoria la educación y la escolarización desde los 6 a los 16 años y no existe regulación alguna sobre el home-schooling aunque sí hay cierta práctica más o menos clandestina. Parecer ser que, después de la pandemia, ha surgido un nuevo interés por esta «modalidad innovadora», cuyo alcance es difícil de conocer porque no existen datos fiables que lo permitan.

Los promotores del home-schooling en España, para reclamar su legalización, suelen apelar a la libertad de enseñanza que establece la Constitución de 1978 en su artículo 27. Especialmente el punto 3 de este artículo, que dice: «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.»

Siempre se ha entendido que la educación en casa estaba expresamente prohibida por el punto 4 de ese mismo artículo 27: «La enseñanza básica es obligatoria y gratuita». Pero ahí no se dice que la escolarización sea obligatoria. Podría muy bien entenderse, como así lo hacen en Francia o en Inglaterra, que la enseñanza es obligatoria pero no la escolarización, y que el Estado deberá ocuparse de exigir a los padres que instruyan a sus hijos en lo que se considere los conocimientos básicos.

Con ello estaríamos en la posición que John Stuart Mill expresó en su libro «On Liberty» («Sobre la libertad») publicado en 1859. Cuando Mill escribió su libro existía en Inglaterra un serio debate sobre el papel del Estado en la educación.

Mill había recibido directamente de su padre toda la instrucción que este había sido capaz de darle, así que bien podría considerarse un caso muy especial de home-schooling. En su Autobiografía cuenta que, bajo la atenta vigilancia de su padre, a los tres años aprendió el alfabeto griego, alrededor de los ocho años ya había leído las Fábulas de Esopo en su idioma original y a los 10 aprendió latín. «Podrá juzgarse escribía hasta qué extremo estaba mi padre dispuesto a sacrificarse por mi educación si se considera el hecho de que yo preparaba todas mis lecciones de griego en la misma habitación y sentado en la misma mesa en la que él escribía.»

Pues bien, John Stuart Mill admitía que el Estado impusiera un cierto grado de instrucción a todos los ciudadanos. Pero exigirla, decía, no es lo mismo que dársela. Apostaba por un sistema en el que el gobierno exigiera a los padres que se ocuparan de que sus hijos recibieran una formación académica básica, y que lo hicieran de la forma que ellos quisieran. Al mismo tiempo, sugería que el gobierno fijase unos conocimientos comunes a toda la población y que mediante exámenes comprobase que los niños los habían adquirido.

La institución escolar fue creada para transmitir los saberes y valores de una civilización; hoy en día existe un poderoso movimiento anti civilización occidental contra el que debemos luchar si queremos que Occidente perviva. Es un hecho cada vez más evidente que, en España, los responsables de la educación no aprecian ni la cultura ni los valores occidentales. En esta situación, es muy probable que haya cada vez más padres que se planteen desescolarizar a sus hijos. La escuela supone la primera experiencia del niño fuera del hogar. El niño sale del cerrado círculo familiar para aprender a convivir con otros niños y a respetar la autoridad de otros adultos que no son sus padres. Es, por tanto, una fase importante de su crecimiento. ¿No sería mejor que, en vez de dejar al niño en casa para que su padre, su madre, un profesor particular o la pantalla de un ordenador le den la formación que necesita para convertirse en un individuo autónomo y responsable, se asociaran para formar cooperativas de padres o fundaciones que crearan colegios privados independientes, acordes con sus propias expectativas sobre la educación de sus hijos?

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