Viva la Pascua

martes, 18 de abril de 2023

Huevos de Pascua tradicionales, Rumanía / Jacqueline Macou - Pixabay



Muchas madres modernas llenan estos días sus redes de un lamento propio de las vacaciones escolares, estos lamentos me apenan porque soy de las que adoro las vacaciones y prefiero mil veces el ritmo anárquico de la casa estos días, que la tiranía del tiempo en temporada escolar.

A este lado del hemisferio norte gozamos de dos semanas de vacaciones; una de preparación y otra de alegría. Tan largas como la Navidad, las más alegres y las que dan sentido a la fe de la escribiente. De muchos, en realidad.

De niña vivía la Semana Santa algo aturdida; me gustaba el contraste que había entre el jaleo familiar de la casa de mis abuelos y lo gótico del ambiente que desde el martes santo se vivía en la calle. Recuerdo que iba a las procesiones como mera captora de cera de los cirios de los penitentes, compitiendo con mis primos para ver quién hacía la bola de cera más grande, pero me cansaba pronto de recoger cera, de esperar a que pasara el Paso, de estar de pie.

A medida que fui creciendo, ese ambiente tan latino, tan de negro y de mantilla, lejos de acercarme a vivir una Semana Santa de oración y recogimiento, me fue empujando a vivirla un poco de aquella manera, es decir, pasando del tema. Señoras de mantilla que acompañan a Cristos crucificados llenos de velas; Vírgenes grandiosas, cubiertas de bordados maravillosos en hilos de oro y plata, sobre altares de flores inmensos; capuchinos penitentes que portan cirios, lamentos gritados desde un balcón, o a pie de calle, en forma de saeta que sale del corazón roto de alguien… Da igual que sea la de las regiones del sur, o del norte, incluso tan vistosa como la de la ciudad de Popayán, en Colombia, declarada hace algunos años Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, reconozco que no soy una amante de la Semana Santa en su estética y drama, tal y como lo vivimos los latinos. Esa pasión no va conmigo.

Tal vez sea de las personas que prefiere el silencio, la calma, el recogimiento. Imagino que tampoco soy la única con estas preferencias, por mucho que las calles se llenen estos días de turistas, pues cuando uno sale de esa jarana santina se da cuenta de que el fenómeno es puramente, al menos en Europa, español. El resto del mundo no necesita tanto drama para darse cuenta de cuán grande es la Semana Santa. Eso, y que tal vez el resto del mundo más que recordar la Pasión celebra la Pascua de Resurrección. La Vida nueva. ¿No les parece esto más motivo de celebración y recuerdo? La muerte es común a todos los mortales, nos iguala y no tiene escapatoria, pero lo grande, lo que nos llena de esperanza y nos anima a tirar pa’lante es la Resurrección, ¿o no?

Si hay algo que me gusta de las gentes del norte es que saben celebrarlo. La de los huevos de Pascua una de esas tradiciones que apetece introducir en la vida de la familia: la alegría de la vida, el nacimiento a un tiempo nuevo, el triunfo de Cristo. La representación es algo ñoña, pero ¿acaso no lo es la decoración navideña? Conejitos, huevos, pollitos, ovejitas… sustituyen a los renos, bolas de colores y lucecitas que decoran cada año el árbol de Navidad. Los narcisos y jacintos pueblan estos días las ventanas de las casas, a cambio de los ramos de acebo y de muérdago que cuelgan en Navidad de las puertas, dando la bienvenida al que llega. La explosión y exuberancia de la naturaleza, propia de la primavera, sirven para representar en perfect timing que todos nacemos a una nueva vida en cada Pascua, porque es Jesús quien ha resucitado y este hecho, lleno totalmente de fe, es lo que da sentido a los cristianos del mundo entero, ¿no creen?

Aquí al norte estas vacaciones tal vez se vivan con una mayor intensidad, pues parece que todo coincide: por fin los días son más largos, el gris plomizo del invierno da paso a los días de sol y la lluvia fina a media tarde deja ver enormes arcoíris, las temperaturas suben y ya uno no va con cien mil capas de ropa, de un día para otro las flores brotan y lo que creías muerto florece y además… está esa alegría de la fe del cristiano. De un plumazo la astenia primaveral que te invadía días antes se esfuma y apetece sacar la bicicleta del garaje y dar paseos eternos, hacer picnic al lado del rio y tirarse en una manta a ver pasar las nubes. El lunes de Pascua se celebra como si fuera un día de Navidad; las familias se reúnen, los niños buscan los huevos de chocolate por el jardín o la casa y se dan un festín de azúcar que a más de un adulto de la secta de los antiazúcares le provocaría un infarto. Se comparte un desayuno o una comida y se vive de un modo alegre, tan alegre que hasta los vecinos más serios y amargados pueden llegar a sonreír.

A mí me encanta la Pascua porque realmente aquí, al norte, la vida literalmente recomienza y salimos de los cascarones de nuestras casas y estamos en general más alegres. Viva la Pascua y feliz Pascua, amigos.

ESCRITO POR:

Periodista española afincada en Alemania, escribe sobre tendencias y estilo de vida.