Una democracia madura

jueves, 20 de julio de 2023

Justus Frantz al piano / Philip Schäfer, Wikimedia Commons



Hay que ser un melómano relativamente conspicuo para tener presente que, en los años ochenta, el que fue canciller de la República Federal Alemana desde 1974 a 1982, el socialista Helmut Schmidt, fue uno de los pianistas que grabó, para la Deutsche Grammophon y con los prestigiosos Hamburger Philharmoniker, los conciertos para cuatro pianos de Johann Sebastian Bach, junto a tres pianistas del máximo nivel, Christoph Eschenbach, Justus Frantz y Gerhard Oppitz; y, además, el concierto para tres pianos de Mozart, con Eschenbach y Frantz.

Pero si recuerdo esto no es para señalar el altísimo nivel que, como pianista, tenía aquel canciller que no paraba de fumar casi ni cuando tocaba el piano, lo que no le impidió llegar a los 97 años. Lo hago para señalar que era muy amigo de Justus Frantz, algo que descubrí al contemplar una entrevista que le hicieron a este músico, hamburgués (aunque nacido en Polonia) como Schmidt, en la que le preguntaban por las elecciones generales que tuvieron lugar en Alemania en diciembre de 1990 (no recuerdo si fue antes o después de las votaciones). Aquellas elecciones se convirtieron en un éxito memorable de Helmut Kohl porque eran las primeras que se celebraban sólo dos meses después de la reunificación, en la que Kohl había tenido un especial protagonismo. El amigo músico de Schmidt vino a decir que había votado o que iba a votar SPD, y le repreguntaban si eso era por su amistad con el excanciller socialista. Entonces Justus Frantz dijo algo que se me quedó grabado: que él siempre votaba lo contrario de lo que había, es decir, si gobernaba la CDU, como pasaba entonces, votaba SPD; y si gobernaba el SPD, votaba CDU. Y le volvieron a repreguntar si eso había sido así incluso cuando gobernaba su amigo, y el gran pianista afirmó que por supuesto que sí. Y lo justificaba con el argumento de que en una democracia madura era muy importante que ninguno de los dos grandes partidos se eternizara en el poder y que no se le subiera el poder a la cabeza. Tenía claro que ni el régimen ni la Constitución de Alemania corría el menor peligro porque cambiara el poder de manos. Al revés, que era bueno que los cristiano-demócratas y los socialistas se turnaran en el gobierno de la Nación.

De Justus Frantz me acuerdo ahora cuando veo cómo, en la España de hoy, el régimen y la Constitución corren peligro cada vez que los socialistas están en el poder, desde que Zapatero proclamó como eje ideológico de su partido el odio a la derecha y su decidido propósito de expulsarla del tablero de juego político.

Aquí no caben actitudes como la de ese pianista en 1990, que sí pueden tener sentido en una democracia madura y asentada. Y recordemos: en 1990 la Grundgesetz de la República Federal tenía 41 años y hoy nuestra Constitución está a punto de cumplir sus primeros 45. ¡Qué pena que aquí suframos un partido socialista muy diferente del que lideró aquel gran pianista que fue Helmut Schmidt!

ESCRITO POR:

Licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense, Profesor Agregado de Lengua y Literatura Españolas de Bachillerato, Profesor en el Instituto Isabel la Católica de Madrid y en la Escuela Europea de Luxemburgo y Jefe de Gabinete de la Presidenta del Senado y de la Comunidad de Madrid, ha publicado innumerables artículos en revistas y periódicos.