lunes, 24 de agosto de 2026
Thomas Sterns (T.S.) Eliot | Lady Ottoline Morrell
Cuando Inglaterra sufría los ataques de los aviones de Hitler en los primeros años de la II Guerra Mundial, T. S. Eliot estaba escribiendo los tres últimos cuartetos de su libro Four Quartets, que, probablemente es una de las obras más importantes de la poesía inglesa, si no lo es de toda la poesía de los países occidentales del siglo XX.
En el segundo cuarteto, East Coker, que, como los demás, es en sí mismo un largo, denso e intenso poema, hay unos versos en los que el poeta nos confiesa que lleva veinte años, «entre deux guerres», «intentando aprender a usar palabras» «y lo que hay que conquistar por fuerza y sumisión, ya ha sido descubierto»:
«Once or twice, or several times, by men whom one cannot hope To emulate -but there is no competition- There is only the fight to recover what has been lost And found and lost again and again: and now, under conditions That seem unpropitious. But perhaps neither gain nor loss. For us, there is only the trying. The rest is not our business”.
Podemos ver cómo, de una manera casi dogmática, afirma que «there is no competition». Se refiere, claro está, a que un poeta del siglo XX, como él, no puede ni debe entrar en competición con los muchos y extraordinarios poetas que, desde hace siglos, han usado la lengua inglesa para expresar sus pensamientos y sus sentimientos. Aunque, eso sí, deja claro que «For us, there is only the trying»; es decir, que hay que intentarlo, y que «The rest is not our business», o sea, que lo que queda ya no es cosa nuestra.
Tengo bastantes dudas de que haya políticos sanchistas que lean a T.S. Eliot y sus Four Quartets, pero si ha habido una que lo ha hecho es, probablemente, Isabel Celaá, que en su currículum dice que es Licenciada en Filología Inglesa y se me hace increíble pensar que se puede terminar esa Licenciatura sin conocer a fondo a ese genial poeta que ganó el Premio Nobel con todo derecho. Por cierto, no creo que nadie dude que el Nobel es una competición.
Celaá es la autora de la Ley de Educación vigente en España desde 2020; una Ley que se elaboró para acabar con la Ley que en 2015 el Ministro del PP, José Ignacio Wert, había logrado aprobar con el ánimo de ir corrigiendo algunos de los profundos errores que tienen las Leyes educativas españolas desde la nefasta LOGSE socialista de 1990.
No es este el sitio para entrar a analizar punto por punto las Leyes de Educación socialistas, cuyos efectos (descrédito absoluto de la enseñanza pública en todos sus niveles, desde la Primaria a la Universitaria; enorme paro juvenil de España; nefastos resultados en cualquier prueba de control a que se sometan los alumnos, PISA incluida, etc.) los está sufriendo la sociedad española y, especialmente, los más jóvenes.
Pero sí el de denunciar que, desde la LOGSE -y si me apuran, desde la Ley General de Educación franquista de 1970- el espíritu de los redactores de estas Leyes de las que depende la formación de los españoles (y la formación consiste en desarrollar al máximo las tres potencias del alma: la memoria, el entendimiento y la voluntad) ha estado dominado por esa frase lapidaria de Eliot -sacada de contexto- en la que niega que tenga que haber competición. Si nos ponemos a estudiar en profundidad en qué momento los sistemas educativos de los países occidentales -incluida España- abandonaron la competición como elemento clave de la formación de los alumnos, creo que acabamos descubriendo que eso viene de la revolución del 68, que, como ahora vemos, introdujo graves errores en el mundo de la educación.
Probablemente eliminar la competición es el error más grave de nuestros sistemas educativos. El estudio, la formación y la instrucción son similares al deporte. Y como en el deporte, la clave está en luchar por mejorar los resultados. Ya se sabe que campeón olímpico sólo va a haber uno, pero eso no puede desmoralizar a nadie porque la principal competición de un alumno siempre será consigo mismo; entre otras razones, porque así es cómo descubrirá sus cualidades, sus aficiones y sus intereses intelectuales y profesionales. Igual que un chaval que hace atletismo intenta ir mejorando sus marcas, todos los alumnos tienen que competir consigo mismos para mejorar sus conocimientos.
De ahí, que sean necesarios los exámenes, las notas y los premios, que Celaá tiene prácticamente prohibidos en su desastrosa Ley. Así, todos los alumnos comprenderán que «for us there is only the trying», es decir, que no pueden parar de intentar mejorar constantemente.
Hay que saber que, se pongan como se pongan los que se denominan pedagogos, las dos claves fundamentales para que se produzca la transmisión del saber son, en primer lugar, que el profesor domine la materia que enseña, y, a la vez, que los alumnos compitan consigo mismos por saber cada día un poco más.
ESCRITO POR:
Licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense, Profesor Agregado de Lengua y Literatura Españolas de Bachillerato, Profesor en el Instituto Isabel la Católica de Madrid y en la Escuela Europea de Luxemburgo y Jefe de Gabinete de la Presidenta del Senado y de la Comunidad de Madrid, ha publicado innumerables artículos en revistas y periódicos.
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