Pobrecitos

viernes, 28 de octubre de 2022

«Al colegio» / © Hernán Piñera



Me refiero a los niños en edad escolar, víctimas inocentes e indefensas de una generación sádica de individuos/as, entre los 30 y los 50 años, que son los que de una u otra manera parten el bacalao político en la destartalada España del siglo XXI. Se trata de una caterva de entes/as cuya felicidad se sustenta en aberraciones tales como atormentar a los seres indefensos que obligatoriamente tienen que acudir cada día a los colegios públicos. En ellos se les encadena a la Lomloe y su inventora, Celáa, insaliva de placer mientras gira la rueda descoyuntando la historia de España; se ríe a mandíbula batiente de los alaridos que provocan las matemáticas con perspectiva de género; y orgasma de placer chorreándoles por el kuerpo el suvlime haceite irbiendo de la no hortographia.

Pues aunque parezca mentira, estos niños de la España sin lengua autónoma son unos privilegiados si se les compara con los vascos, los catalanes, los valencianos, los baleares y los gallegos cuyos mandamases tienen transferidos los potros de tortura de lo que llaman educación y los aplican con especial sadismo a las indefensas criaturas en edad escolar.

No tenemos más que ver las sonrisas de hiena que lucen Pere Aragonès, Ximo Puig y Francina Armengol sólo de pensar en que, además de atormentar a sus niños privándolos de cualquier enseñanza seria y útil para el futuro, les obligan a estudiar en un pequeño dialecto que no sirve absolutamente para nada. Porque la única función del catalán, como la reliquia de la sangre de San Pantaleón, debería ser licuarse cada 11 de septiembre en la Diada, y el resto del año permanecer cuidadosamente guardado para su contemplación y estudio por quienes lo deseen. No es por molestar, pero el quechua lo hablan en las selvas del Amazonas el triple de personas que los de Casa Tarradellas y no parece que sea un idioma de amplia demanda tecnológica en el mundo de hoy.

Si esto es así con el catalán, que no es más que el español terminado en ‘t’ y lo entiende cualquiera, ni que decir tiene que el sadismo pedagógico se multiplica por cien con la obligatoriedad del batúa, que es el vasco artificial que se inventaron para unificar los tropecientos dialectos de los valles y no lo habla más que el 6% de la población. Y finalmente el gallego, tan entrañable como mágico y dulce, pero tan inútil como los otros dos en el mundo moderno. 

Todo lo dicho hasta aquí no es más que la reflexión de un abuelo que ama a sus seis nietos y quiere para ellos un feliz futuro lleno de posibilidades. Las mismas por lo menos –adaptadas evidentemente a los progresos del mundo moderno– que tuvo su generación.

Nueve años entrando todos los días de la semana en el colegio a las nueve de la mañana y saliendo a las siete y media de la tarde, incluidos los sábados, con sólo medio día libre los jueves por la tarde. Algo hoy impensable, pero que nos curtió como hombres; nos consagró como ciudadanos responsables y nos dotó de un acervo enorme de conocimientos y referencias culturales fundamentales para abrirnos camino desahogadamente en la vida. Pero la cuestión es si entre aquella formación que ya no se puede repetir y la que hoy reciben nuestros nietos existe una mínima semejanza que los prepare para enfrentarse al futuro con posibilidades de triunfar. Y lamentablemente la respuesta –por lo que vemos a nuestro alrededor– es que no. He titulado estas líneas «Pobrecitos» porque me da una pena enorme constatar que los niños de hoy, que tienen todo a su alcance porque se lo hemos dado, carezcan de la riqueza cultural y humana con la que sus abuelos transformaron la España del tercer mundo destrozada por la guerra que recibieron, en la que es hoy. Nosotros hemos cumplido; ojalá que nuestros nietos puedan también decir lo mismo a los suyos.


Artículo originalmente escrito y distribuido de forma privada el 3 de septiembre de 2022.

ESCRITO POR:

Ignacio Despujol es Licenciado en Filosofía y Letras, y especialista en comunicación empresarial y marketing. Ha sido profesor en las Universidades Pontificia de Comillas-ICADE, Complutense, Autónoma de Madrid y CEU San Pablo, co-autor de «Comprender el Arte» (Biblioteca UNED) y autor de «La otra cara de la publicidad» (en preparación).