«Nos ancêtres les gaulois»

jueves, 13 de julio de 2023

Mural de Asterix en la Rue de la Buanderie, Bruselas (detalle) / Lin Mei (flickr)



Los que peinamos canas y ya leíamos los periódicos a principios de los años sesenta del siglo pasado, incluso Le Monde de vez en cuando, cuando los procesos de descolonización estaban en su apogeo, podemos recordar un chiste que, de varias formas, se repitió en la prensa francesa de entonces. Se veía a un profesor, en algunos casos creo recordar que era un misionero, delante de unos alumnos, que podían ser negros o árabes, a los que se dirigía diciéndoles «nos ancêtres les gaulois» («nuestros ancestros los galos») y señalando con un puntero una pizarra en la que estaban dibujados unos personajes parecidos a los de «Astérix».

Son unas palabras que han repetido muchas generaciones de escolares franceses en sus escuelas y liceos desde que la Tercera República, a partir de 1870, implantara un ejemplar sistema educativo que ha sido la columna vertebral de la cultura y de la vida de Francia hasta casi nuestros días. Y digo esto porque las influencias del Mayo del 68 han acabado por provocar una profunda crisis en esa escuela republicana, de la que hoy nada augura que vaya a salir.

En los libros de texto que han estudiado muchas generaciones de franceses se encontraba esa expresión dentro de una frase que decía así: «Hay en el pasado más lejano una poesía que hay que verter en las almas jóvenes para fortalecer en ellas el sentimiento patriótico. Hagámosles amar a nuestros ancestros los galos y los bosques de los druidas, a Carlos Martel en Poitiers, a Roldán en Roncesvalles, a Godofredo de Bouillon en Jerusalén, a Juana de Arco, a todos nuestros héroes del pasado, incluso a los que están envueltos en leyendas porque es una desgracia que nuestras leyendas se olviden».

Es evidente que los chistes de los años sesenta contenían un profundo significado crítico del colonialismo porque ¿cómo aquellos galos, vencidos por César, iban a ser ancestros de niños centroafricanos o mauritanos? Enseñar eso a inocentes criaturas que vivían en aquellos países de África era, para todos los que estaban en contra de la colonización, una agresión cultural y un intento de imponerles la cultura y la historia de los colonizadores que, con frecuencia, eran siniestros explotadores.

Era verdad que, al contarles a los niños africanos que venían de los galos y que todos esos héroes eran sus ancestros, lo que se estaba haciendo era una maniobra para convertir en franceses a los habitantes de las colonias al hacerles aceptar como suya una historia que nada tenía que ver con su pasado. No olvidemos que la Historia es maestra de la vida porque nos enseña de dónde venimos para que comprendamos lo que somos y podamos ser dueños de nuestro futuro.

Obligar a esos niños a ser franceses, cuando lo único que les unía a Francia era el ser una de sus colonias, podía ser considerado, como hacía el autor del chiste, una imposición intolerable.

Han pasado más de sesenta años desde la independencia de la mayoría de países africanos y en ese tiempo son muchos los habitantes de esos países que han venido a Europa a buscarse un trabajo y una vida mejor. Sólo en Francia Eurostat estimó que en enero de 2019 la población nacida en el extranjero era de 9,1 millones, lo que corresponde al 14,1 % de toda la población francesa. La mayoría procede de las antiguas colonias francesas en África: más de seis millones son afroeuropeos (ahora se llama así a los que tienen sus raíces en el África negra), 1,7 millones son de origen argelino y más de un millón de origen marroquí. Por otra parte, se calcula que cinco millones y medio son musulmanes de religión.

Y ahora surge la pregunta: ¿los hijos de esos inmigrantes, que ya son o serán ciudadanos franceses de pleno derecho, tienen que aceptar, junto a la nacionalidad, que sus ancestros son los galos? ¿Tienen que saberse herederos de todos los héroes de la Historia de Francia, de sus reyes, de los que hicieron la Revolución de 1789, de escritores como Montaigne, Molière, Voltaire, Stendhal, Baudelaire, o Proust, de pintores como Claudio de Lorena, Monet, Renoir o Cézanne, de músicos como Lully, Rameau, Couperin, Berlioz, Debussy o Ravel, y de todas sus emocionantes catedrales, empezando por Notre Dame de París?

O, dicho de otra manera, ¿se puede ser francés sin considerar como propia toda la inmensa riqueza cultural e histórica de Francia, incluida la huella esencial del cristianismo en una nación que, desde la Alta Edad Media, ha sido considerada «la hija mayor de la Iglesia»? Se puede tener el pasaporte francés; pero respecto a sentirse francés, que implica aceptar y hacer suya toda esa herencia, la realidad actual está demostrando que hay muchos de esos franceses de origen no francés que ni se sienten ni quieren sentirse.

El asunto es de capital importancia y todo lo que se reflexione sobre él siempre será poco. Entre otras razones porque, donde digo Francia, puedo decir España o Europa. Sin duda que enseñar a los niños en el Senegal de 1950 que sus ancestros eran los galos era una aberración, pero ¿no será una aberración mayor no enseñar eso a todos los niños de Francia hoy?

ESCRITO POR:

Licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense, Profesor Agregado de Lengua y Literatura Españolas de Bachillerato, Profesor en el Instituto Isabel la Católica de Madrid y en la Escuela Europea de Luxemburgo y Jefe de Gabinete de la Presidenta del Senado y de la Comunidad de Madrid, ha publicado innumerables artículos en revistas y periódicos.