«Matar a un ruiseñor», de Harper Lee

domingo, 11 de febrero de 2024

Harper Lee momentos antes de recibir la Medalla Presidencial de la Libertad en la Casa Blanca en 2007 | Eric Draper, cortesía del Museo y Biblioteca Presidencial George W. Bush



Ganar corazones para la literatura (IV)

El 7 de enero de 2006 la escritora Harper Lee le manda una carta a la periodista Oprah Winfrey en la que habla de su amor por los libros y de su pasión por la palabra escrita. Entre otras cosas dice: «Ahora, 75 años después, en una sociedad próspera donde las personas tienen ordenadores portátiles, móviles, iPods y mentes como habitaciones vacías, yo todavía camino lenta y pesadamente con libros».

La que a sus más de 75 años continuaba caminando lenta y pesadamente cargada de libros había nacido un 28 de abril de 1926 en Monroeville (Alabama). Vino al mundo, pues, en lo que se conoce en inglés con el marbete del Deep South, el profundo sur de los Estados Unidos. Ese territorio formado por varios estados sureños eminentemente agrícolas y, en su momento, esclavistas (Carolina del Sur, Georgia, Alabama, Mississippi y Luisiana), que tan extraordinariamente describieron, entre otros muchos, Mark Twain, William Faulkner, Margaret Mitchell, Fannie Flag y la propia Harper Lee.

Como su verdadera vocación era la escritura, abandonó los estudios de Derecho en la Universidad de Alabama y se trasladó a Nueva York. Allí se reunió con su amigo de la infancia, Truman Capote, que en ese momento era una de las estrellas literarias norteamericanas. Gracias a la beca otorgada por un matrimonio amigo, renunció a su trabajo y se dedicó de lleno a la escritura. En el plazo de un año, el de 1957, redactó el primer borrador de Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird). Novela que terminó en el verano de 1959. La obra vio la luz impresa en julio de 1960, convirtiéndose inmediatamente en un éxito de ventas y obteniendo su autora el Premio Pulitzer en 1961. Hasta la fecha van vendidos más de treinta millones de ejemplares y ha sido traducida a cuarenta idiomas.

No poca culpa del éxito de la novela la tiene la circunstancia de que en 1962 se estrenará la película homónima dirigida por Robert Mulligan, con guion de Horton Foote y con un extraordinario Gregory Peck, que obtuvo el premio Óscar al mejor actor dando vida al abogado Atticus Finch.

Por otro lado, no creo ir muy desencaminado si digo que, precisamente, Atticus Finch ―el protagonista de la novela junto con su hija Scout, una niña de ocho años que es la que narra el relato en primera persona― es el espejo en el que a todos los padres nos gustaría mirarnos, es el padre que todos querríamos ser. De hecho, uno de los asuntos medulares de la novela se ocupa de la importantísima cuestión de la educación de los hijos, de cómo llevarla a cabo, del difícil equilibrio entre el ejercicio de la autoridad y las manifestaciones de cariño, entre la exigencia y la confianza, entre el respeto a la libertad de nuestros hijos, pero también el deber de los padres de apelar a la responsabilidad de los mismos, en fin, entre el ponerse serios cuando es preciso y el saber dan rienda suelta al buen humor.

Por cierto, el título de la novela se explica a partir de la frase que la señorita Maudie le dice a Scout con el propósito de darle a entender a la niña por qué su padre había dicho que matar a un ruiseñor es pecado: «Tu padre tiene razón —me respondió— Los ruiseñores sólo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar su corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar a un ruiseñor». Es decir, el ruiseñor se convierte en la novela en símbolo de la inocencia. Y en esta historia tenemos dos inocentes, dos ruiseñores. El primero de ellos es Tom Robinson, el joven de raza negra acusado injustamente de violar a Mayella, una chica blanca hija del borracho del pueblo: Bob Ewell. La muerte de Robinson, que recibe un tiro cuando intenta escapar de prisión, es comparada por el Sr. Underwood, cronista de Maycomb (el lugar imaginario donde se desarrolla la acción) con los cazadores y los niños que matan ruiseñores «necia y gratuitamente».

El otro ruiseñor es Boo Radley, un alma pura, inocente y tímida, un personaje misterioso, solitario, huidizo, que vive en una casa aparentemente abandonada, que les va dejando pequeños regalos a los hermanos Finch, y que será el que les salvará la vida cuando el resentido Ewell trate de acabar con ellos. Es la propia Scout, tras la terrible experiencia vivida, la que le dice a su padre al final de la novela, echando mano del propio ideario de Atticus, que detener a Boo por el asesinato de Ewell y, consecuentemente, someterlo a un juicio público, ponerlo bajo esa luz cegadora, sería algo así como matar a un ruiseñor.

Y, precisamente, el que se encarga de la defensa de Tom Robinson, a sabiendas de que su decisión le va a acarrear muchas enemistades y perjuicios, es Atticus Finch. Un hombre íntegro («Todos, antes de juzgar a una persona, debemos meternos en su pellejo y hacer como si fuera él»), valiente («Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final pase lo que pase») y coherente («Yo he procurado vivir de forma que siempre pueda [sostenerle la mirada a su hijo Jem] sin desviar los ojos»). La integridad, la valentía y la coherencia que a lo largo de la novela muestra Finch serán la mejor lección de vida que pueda ofrecerle a sus hijos Jem y Scout.

La cifra y razón de todo ello se encierra en el extraordinario alegato final que Atticus pronuncia ante un jurado popular. No cabe mayor ejemplo, o es difícil encontrar uno mayor, de coraje, de coherencia vital, de valentía. Ante un jurado compuesto por personas de raza blanca, en el profundo sur y en 1935, frente a un veredicto previsible, Finch dice alto y claro que, para los tribunales, para todos los tribunales de los Estados Unidos, todos los hombres han nacido iguales y, consecuentemente, han de ser juzgados a partir de esa premisa. Pero nuestro protagonista, y esa es su grandeza y lo que le convierte en un ejemplo admirable, es que exactamente eso mismo se lo dice a su hijo de trece años: «El sitio donde un hombre debería ser tratado con mayor equidad es una sala de justicia, cualquiera que fuese su color».

Todo lo que acabo de señalar conecta con otro de los puntos fuertes de la novela: Matar a un ruiseñor, al igual que La comedia humana, de William Saroyan o Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith, es una verdadera novela de aprendizaje, narrada por una niña de ocho años, huérfana de madre, que vive con su hermano de trece. Al final de la obra, Scout ha aprendido una gran lección que nunca olvidará. Una lección que le ha hecho crecer interiormente. Sabe que, ocurra lo que ocurra, siempre estará su padre, nuestro admirado Atticus Finch, para cuidar de ella y de su hermano, para guiarlos con ternura, dulzura y seguridad por los caminos de la vida, para recordarles que, efectivamente, matar a un ruiseñor es un pecado.

ESCRITO POR:

Francisco de Asís Florit Durán es Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Murcia