Los Goya: moralina y sopor

jueves, 16 de febrero de 2023

Estatuilla de los Premios Goya en Valencia en 2022 / Wikimedia Commons, Francesc Fort



Propongo que preguntemos a los abogados qué opinan sobre la preservación de la biodiversidad del fondo marino. Preguntemos también a los pintores de brocha gorda qué piensan sobre el famoso plano secuencia de la última película de Cate Blanchett. Pidamos a los músicos que nos cuenten sus ideas sobre la evolución de los tipos de interés; acudamos a los banqueros para que opinen sobre el cambio climático; hagamos que los alpinistas compartan con todos sus consideraciones sobre el metaverso. Urge que los ricos paguen una tribuna para que todos los administrativos de todas las oficinas de España se luzcan al explicarnos lo que opinan de la sanidad pública, vía televisión y en prime time, vestidos con trajes que cuestan cinco salarios mínimos cada uno.

A efectos de opinar sobre una cuestión política, ser actor o ser guionista de los Premios Goya no es más ni menos que ser abogado, banquero, pintor de brocha gorda, músico, alpinista o administrativo. Ser actor o ser guionista de los premios Goya, es, ni más ni menos, ser profesional de una industria que se supone aspira a ser próspera, que entrega a la sociedad un producto de consumo y que, por tanto, debería en primer lugar respetar a su clientela. Si ese producto de consumo, por el hecho de ser cultural, está protegido y subvencionado, con más razón aún.

Quienes somos aficionados al cine español y disfrutamos con buenas películas hechas aquí, vemos con horror cómo en cada edición de los Premios Goya se repite una liturgia marcada por el narcisismo y la prepotencia. ¿Quiénes se han creído que son? ¿De dónde piensan que les sobreviene la superioridad moral para atacar a instituciones respetadas y queridas por millones de personas? ¿Qué autoridad tienen para hacer un discurso político ante la sociedad española? ¿Por qué dan por hecho que el público tiene interés por escucharles? ¿Por qué nos suministran una y otra vez su dosis anual de moralina progre en una ceremonia endogámica y aburridísima, en lugar de presentar los premios a los mejores profesionales de su industria en un espectáculo creativo e inteligente, que gane adeptos para el cine español y logre entusiasmar a los que no van a las salas?

¿Y por qué dan por hecho que acierta quien se sube a recoger un Goya, diga lo que diga, caiga quien caiga? Un chico con parálisis cerebral recoge un premio y reclama el derecho a la sexualidad de las personas con discapacidad. Grandes aplausos. «Existimos y follamos», dice, con mucha gracia. Risas. Me alegro por ti si follas, pero que sepáis todos que hay miles de familias en las que este asunto se toma muy en serio, porque es complejo y en muchos casos trae consigo riesgos y dolor.

Viven en el territorio del pensamiento único, cociéndose en la monótona salsa de sus letanías simplistas y superficiales; son meapilas que repiten sin ton ni son mantras acuñados por gente cuyo nivel intelectual se atascó en primero de facultad. Se ríen de los chistes de la tribu y aplauden sin cuestionar nada, guiados solo por el prejuicio de la casta. Lo siento por ellos, porque hay talento en sus filas. Llevo años convenciendo a amigos de que el cine español no solo se puede ver, sino que a veces es excelente. Pero se me están quitando las ganas.