«La zona de interés» – Realidad restringida, verdad revelada

lunes, 29 de enero de 2024

La zona de interés (2023) | A24



Tenía yo seis o siete años cuando TVE emitió la famosa serie «Holocausto». Era para mayores, pero pregunté y mi madre me explicó. Desde entonces, siempre he sentido un abismo interior ante ese infierno terrenal, histórico, tan incomprensible e injustificable. Tan permanente.

El Holocausto es un capítulo determinante para entender el mundo actual y, en consecuencia, uno de los más recurrentes en todas las artes. Así fue desde que, terminando la II Guerra Mundial, el soldado de Infantería -y futuro cineasta- Sam Fuller, filmara las primeras imágenes de un campo nazi de exterminio, en Falkenau, Checoslovaquia.

Aquel kafkiano hallazgo abrió nuevos caminos y sentidos a la creatividad… ya perpetrado el genocidio. Demasiado tarde. Sin embargo, la profusa representación de esos hechos, con demasiada frecuencia ha provocado un efecto inverso al pretendido: el agotamiento y hasta la indiferencia, generados por el excedente de imágenes, por la vulgar estandarización de sufrimientos inimaginables.

De ahí el extraordinario mérito y valor de perspectivas creativas tan excepcionales que renuevan el asunto hasta su redescubrimiento. Tener en este caso la posibilidad de ver como si fuese la primera vez, es un antídoto infalible cuando el horror ha degenerado en costumbre.

«Shoah», el monumental documento de Claude Lanzmann, registra la narración oral de supervivientes judíos, ilustrada con las imágenes de sus rostros y de lugares que contextualizan testimonios sobre hechos ambivalentes, tan olvidables como imborrables. Steven Spielberg opta en cambio por una recreación explícita del exterminio en «La lista de Schindler». En «El hijo de Saúl» László Nemes concentra la mirada sobre una víctima y su propia supervivencia en Auschwitz, difuminando la visión del averno circundante…

La variada fecundidad de semejantes perspectivas es ahora engrosada por la del londinense Jonathan Glazer, en «La zona de interés». Basado su propio guion en el libro homónimo de Martin Amis, el filme ofrece otra singular inmersión en Auschwitz.

Un ejemplo. Sendos planos rebosan significación, sin mostrar nada. Dos largos fundidos en negro, subrayados por una extraña música tan acongojante, que evoca algo -¿un umbral, un abismo, una boca engullidora…?- más que inmundo.

Pero, lejos de ser macabra, «La zona de interés» viene a ser una demostración de la escalofriante capacidad esterilizadora de una civilización suicida. Así como de la «banalidad del mal», expresión acuñada por la filósofa judía Hannah Arendt para describir la vida, personalidad y eficiencia funcionarial del teniente coronel de las SS, Adolf Eichmann. Digna constancia de ello hay en la película de Margarethe von Trotta, «Hannah Arendt», a falta de leer el libro de ésta, «Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal».

Asimismo, el comandante de Auschwitz Rudolph Höss -Christian Friedel- y su esposa Hedwig -Sandra Hüller- son padres de cinco hijos, aspiran a una modesta vida de granjeros y a medrar, contribuyendo a instaurar el «paraíso» nacionalsocialista. Su banalidad queda certificada por su condición de paletos fanáticos, chabacanos, ambiciosos y despiadados, colaboradores por acción y omisión en el exterminio de centenares de miles de seres humanos… junto a su hogar.

Glazer atina adoptando la perspectiva de los verdugos, recreando una realidad restringida, restringiendo a su vez los propios recursos fílmicos. Así evita lo típico y lo tópico, apoyado en una planificación milimétrica, aunque no sólo.

Parte de su inédita originalidad, estriba en la supresión visual del mismo campo de concentración y su repertorio iconográfico. Excepto alguna chimenea, barracones, catres, uniformes, duchas de gas, hornos crematorios… ni rastro de los motivos definitorios de Auschwitz. Nada… hasta una eficaz confrontación de tiempos paralelos.

No obstante, mirado a través del prisma de una aterradora asepsia, Auschwitz como realidad invisible resulta tan o más Auschwitz que nunca, si cabe. La paradoja también es aquí un recurso cinematográfico crucial. Entretanto, hay consciencia y certeza continua de que el terror programado está aconteciendo ahí mismo, aunque sea ocultado. Porque el sonido es el recurso crucial, que hace de «La zona de interés» una obra cinematográfica excepcional. El Holocausto, hecatombe invisible pero audible. Ineludible.

ESCRITO POR:

Enamorado de las buenas historias, sean la del cine o las narradas en las películas que ve y los libros que lee. Sobre ellas piensa, habla y procura escribir en La Occidental y otras publicaciones. Es autor «John Ford en Innisfree: la homérica historia de 'El hombre tranquilo' (1933-1952)» y coautor de los libros Cine Pensado, entre otros.