¿Han desaparecido las Grandes Obras de la Literatura?

miércoles, 12 de abril de 2023

Helen Harrop (Flickr)



Destruir grandes obras es cosa de nunca acabar. Así es la vida. Los tramas solamente concluyen con un cierre ordenado de todos los hilos narrativos en la ficción. La vida real es más desordenada. Cuando no termina lentamente, gota a gota, lo hace con explosiones y llantos. La asignatura de «Grandes Obras de la Literatura Universal», una especie de ventanilla única para conocimientos de humanidades, nació en la Universidad de Columbia, Nueva York, en 1919. A partir de 1968 las explosiones y llantos de la batalla cultural provocaron que las matriculaciones entraran en un declive que ha durado décadas. Y hace unas semanas, la revista New Yorker informaba de que las inscripciones en asignaturas de humanidades en las universidades de élite de la Ivy League estaban a punto de desaparecer.

En 1919, el siglo de los Estados Unidos apenas había comenzado y los jóvenes centuriones estadounidenses emprendían su breve marcha hacia la supremacía. Mientras esa nueva civilización avanzaba hacia su papel de protagonista de la Historia, las grandes obras literarias servían de mapa para un territorio desconocido, el nuevo territorio psicológico y político que acompaña al poder. Su mensaje era el del esclavo que sostenía la corona de laurel sobre la cabeza de los generales romanos mientras recibían las guirnaldas por sus victorias. «Memento mori», decía el esclavo. «Recuerda que morirás».

A medida que Estados Unidos se convirtió en un imperio mundial, sus líderes hicieron oídos sordos al susurro de los esclavos. Un conocimiento realista de la naturaleza y la historia humanas lleva a políticas realistas. La vanidad y las ilusiones, marca distintiva de los mejor formados de nuestra sociedad, conducen al desastre.

Las humanidades nacen del ideal renacentista del hombre con tiempo y dinero para cultivar una visión filosófica de la vida. Pero en Estados Unidos, las humanidades americanas siempre fueron más prácticas y orientadas a la acción. El objetivo siempre fue formar ciudadanos y votantes, y eso hizo que las humanidades estadounidenses fueran más democráticas y comerciales. La verdadera universidad de los Estados Unidos del siglo XVIII fue el periódico. La verdadera del siglo XIX fueron el circuito de salones públicos y sus conferencias. Hasta 1945, un título universitario era un elemento indispensable para el ascenso social. Cuando se convirtió en eso, la universidad se convirtió a su vez en un negocio.

En 1963, Clark Kerr, rector de la red de centros de la Universidad de California, llamó a la universidad moderna «multiversidad». Ofrecía formación especializada e integró sus laboratorios en el esfuerzo de investigación de la Guerra Fría, pero la historia, la literatura y los idiomas todavía eran parte troncal de los planes de estudios universitarios. El concepto ideal de la humanidad, en sí mismo un legado del humanismo renacentista, estaba amenazado. No solo por la guerra en la que Estados Unidos había destacado en los últimos años, sino también por los sóviet, pioneros en el arte de la cancelación del que tiene ideas «equivocadas».

Las humanidades, herencia netamente occidental, se convirtieron en un escudo protector en el arsenal de la democracia. Los baby boomers dirigieron ese escudo hacia sus profesores. La universidad americana se había profesionalizado siguiendo el modelo alemán, que primaba la técnica y la especialización, y no el modelo inglés de educación integral. Las universidades estadounidenses también se habían convertido en un campo de refugiados para los intelectuales de izquierda europeos. Por eso, la universidad estadounidense estaba en una posición perfecta para replicar a gran escala el fracaso intelectual de Europa.

Los estudiantes de 1968 atacaron la ideología liberal de Estados Unidos con tanto ahínco como Marx, Dostoievski y Nietzsche habían atacado el liberalismo de la Europa del siglo XIX. Esto no debió ser muy popular entre los estudiantes porque la matriculación en humanidades cayó de inmediato. Como dijo Allan Bloom, solo en Estados Unidos el cliente espera que el «nihilismo tenga un buen final».
El artículo del New Yorker, revista progresista, oculta el aspecto cronológico porque permitiría identificar a los responsables. Las matriculaciones no empezaron a disminuir hasta que las humanidades se convirtieron en un campo de entrenamiento para lo que ahora llamamos políticas identitarias, en el que las grandes obras de la literatura fueron escudriñadas en busca de evidencias de sexismo, racismo y capitalismo. El incremento escandaloso del coste de un título universitario, siempre por encima de la inflación desde 1980, vino después y aceleró la caída. Las humanidades, al menos en los campus de la Ivy League, ahora están muriendo de forma semejante a como nacieron, como una actividad de ocio para los ricos. Sólo que además vaciada de contenidos.

No todo está perdido. Por un lado, el New Yorker señala que los inmigrantes sí se están inscribiendo a cursos de humanidades por Internet. Los inmigrantes entienden que Estados Unidos, más que cualquier otra sociedad del mundo, se cimienta en las humanidades porque Estados Unidos, incluso más que Francia, se basa en un ideal de educación del siglo XVIII.

Además, todavía es posible encontrar cursos de «Grandes Obras de la Literatura Universal» si se busca bien, y van bien. Acabo de pasar dos semanas como profesor invitado en Hillsdale College, en Michigan. Tienen un plan de estudios clásico de Estados Unidos. Los estudiantes hablan bien, están informados, tienen iniciativa y son educados. Hillsdale les está dando algo más que una educación con buena relación calidad-precio. Les está dando algo de valor incalculable que antes se consideraba una herencia de todos. Este año, la batalla para recuperar el campus finalmente ha comenzado, con la renovación, por parte del gobernador Republicano de Florida, Ron DeSantis de la junta rectora de New College en Sarasota, Florida.

Una vez más, las fuerzas del mercado harán el resto si se lo permitimos. ¿Quién quieres que enseñe a tus hijos y qué quieres que aprendan?

ESCRITO POR:

Dominic Green es colaborador del Wall Street Journal y miembro del Foreign Policy Research Institute y de la Royal Historic Society. Su último libro es «The Religious Revolution: The Birth of Modern Spirituality, 1848-1898»