Felipe González

martes, 1 de noviembre de 2022

Felipe González y Alfonso Guerra en el Congreso de los Diputados en diciembre de 1982, cuando eran presidente y vicepresidente del gobierno / Pool Moncloa



El pasado fin de semana ha visto la reaparición en un acontecimiento público de Felipe González. Formal y exteriormente se trataba de conmemorar los cuarenta años de su victoria electoral del 28 de octubre de 1982, pero realmente lo de Sevilla del pasado sábado se pensó –y así fue- como un acto de exaltación de Sánchez, curioso personaje, mezcla del narcisismo de un maniquí y de una desaforada pasión de mandar, que es el actual sucesor de González en la Presidencia del Gobierno y en la Secretaría General del PSOE.

La noticia de este acontecimiento, además de la escandalosa metedura de pata de Sánchez (y de su equipo) de confundir a Jaime Gil de Biedma con Blas de Otero, con la que demostraban palpablemente que no saben ni quién era uno ni el otro (¡y eso que el PSOE presume de ser el partido de la intelligentsia!), ha sido, sin duda, la ausencia de Alfonso Guerra, el «cerebro» de aquel triunfo electoral, que había declarado que «este es otro partido», y al que, en principio, Sánchez no invitó, aunque luego le dijeron que sí podía ir, pero ya Guerra prefirió quedarse en casa en vez de participar en esa exaltación del actual líder socialista, que ha sido el que ha conducido a su partido a los peores resultados electorales de su historia.

Por contraste, la presencia de González cobraba así más significado. Últimamente, los desmanes y desvaríos del gobierno sanchista-comunista, unido a sus socios independentistas y bilduetarras, han hecho que mucha gente diga que añora los catorce años de felipismo, aunque esa gente lo diga sin pararse a pensar demasiado lo que dice, porque sí que, desde luego, en los gobiernos de González no había indocumentados del calibre de los que hoy se sientan en el Consejo de Ministros ni él se permitió nunca coqueteos con el mundo etarra, pero habría que pensar hasta qué punto mucho de lo que ahora está perpetrando Sánchez no estaba en embrión en aquel PSOE de González.

No está de más echar una mirada a algunos aspectos de la biografía y la trayectoria de Felipe González para entender por qué él, que es de los pocos socialistas que puede moverse sin tener miedo a que caiga sobre él la maldición de Guerra de «el que se mueve no sale en la foto» (eufemismo que esconde que el que dice lo que piensa, y lo que piensa no coincide con lo que manda el que manda, se marcha al paro), sí estaba en la exaltación de Sánchez, ese que, según muchos ingenuos biempensantes, es todo lo opuesto de González.

Vayamos a 1974 –Sánchez acababa de cumplir dos años- y ahí encontraremos algunas claves:

  • En abril, revolución de los claveles en Portugal, con el triunfo de una serie de fuerzas políticas entre las que predominaban las comunistas, por cierto, completamente ajenas al eurocomunismo, que empezaba a articularse en Italia, Francia y en el PCE de Carrillo, y fieles, por el contrario, a la Unión Soviética de Beznev y a los principios más ortodoxos del marxismo-leninismo.
  • En julio, flebitis de Franco, que deja en evidencia la proximidad del «hecho biológico» y, por consiguiente, las incertidumbres que va a plantear su sucesión y el posible cambio de régimen, porque absolutamente todo el mundo, dentro y fuera de España, era consciente de que algo, si no todo, iba a cambiar en la vida política española; y para ese cambio los analistas señalaban que se contaba, sin duda, con sectores aperturistas del régimen y, en el otro lado, con un Partido Comunista, que, además de gozar del prestigio de haber sido la única oposición consistente a Franco, tenía muchos apoyos en el mundo intelectual, artístico y académico. Este PCE era, sin duda, la primera fuerza del antifranquismo, en el que también estaban algunas personalidades y grupúsculos democristianos, monárquicos y socialdemócratas, con una escasísima presencia de socialistas.
  • En octubre, Congreso del PSOE de Suresnes, que se celebra con todas las señales de alarma encendidas por parte del Departamento de Estado de los Estados Unidos y por parte de todos los líderes socialistas europeos (François Mitterrand, Willy Brandt, Bruno Kreisky, Olof Palme) que ven cómo el comunismo puede apoderarse de Portugal; que, tras la caída en julio de los coroneles, Grecia ha entrado en un periodo de incertidumbre; y que, en la transición que se avecina en España, los que aquí detentan la marca del puño y la rosa tienen un protagonismo muy secundario. Todos ellos, los americanos y los europeos, decidieron jugar a fondo la baza del PSOE para que en España no fuera el PCE el contrapeso al franquismo a la hora de la transición que se acercaba.

El problema era que el PSOE del exterior (que tenía más de un tercio de todos los militantes, que eran poco más de tres mil) aún no se había recuperado de los traumas de la Guerra Civil y de la posguerra, que lo habían llevado a innumerables guerras fratricidas, y vivía, con el más que veterano Rodolfo Llopis de Secretario General, muy ajeno y distante a la realidad del interior. Por eso había que buscar, entre los miembros del escuálido partido que era dentro de España, a alguien que fuera bien visto por todos esos poderes europeos y americanos que miraban con mucha aprensión lo que se estaba jugando en la escena española. Y esa fue la oportunidad del joven Felipe, que, con 32 años, se encontró encumbrado y apoyado por todos los grandes nombres de la socialdemocracia europea y bendecido, desde lejos, por el Departamento de Estado, y eso que allí estaba el republicano Gerald Ford. Bendecido y apoyado por una razón principal, por ser un convencido anticomunista, como lo eran todos aquellos socialdemócratas, que, después de la II Guerra Mundial, habían colaborado al progreso y la prosperidad de las naciones europeas, aceptando, sin reservas, las premisas de la democracia liberal y del capitalismo.

Y González no les defraudó. No sólo forzó a su partido a abandonar el marxismo como ideología dominante, sino que hizo todo lo posible por acabar con el PCE, a base de fichar a muchísimos de sus dirigentes. Además se negó siempre a apoyarse en los comunistas cuando tuvo problemas para articular una mayoría en el Congreso.

Si hubiera alguna duda de su anticomunismo, tenemos sus declaraciones del año 1999, cuando ya estaba fuera de la política y era considerado como una autoridad moral por muchos y, sin cortarse ni un pelo, escupió que «Anguita y Aznar son la misma mierda».

Pero la vida da muchas vueltas y el rencor que González crio contra la derecha y que dejó explícito en esa declaración, no sólo lo ha seguido cultivando, sino que se lo ha transmitido a sus sucesores, casi como la única herencia ideológica clara.

Por el contrario, su anticomunismo, el que le proporcionó el apoyo de todos aquellos líderes socialdemócratas del 74 y el que seguía rumiando en el 99, se ha diluido hasta el punto de, ahora, ir de telonero de Sánchez, que ha llegado a la Presidencia del Gobierno gracias a esos comunistas, hoy bolivarianos, que, no sólo se sientan en el Consejo de Ministros, sino que, en gran medida, son los que están proveyendo de ideas a unos socialistas, que, aparte de una desaforada ansia de poder y de ese odio a la derecha, no parecen tener nada que ofrecer en la línea de aquella socialdemocracia de los santones que empujaron a González a sus éxitos y prestigio de entonces.

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