«Fallen Leaves». Excursión por un espejo deformado

jueves, 11 de enero de 2024

Alma Pöysti yJussi Vatanen en «Fallen Leaves» (2023) | Malla Hukkanen/Sputnik




Fallen Leaves, de Aki Kaurisimäki

En cines desde el 27 de diciembre


Entre otras aficiones y complicidades, comparto con uno de mis mejores amigos el placer por el cine del finlandés Aki Kaurismäki. Es para nosotros un territorio audiovisual y emocional de sutiles afinidades, deleites irónicos, intereses humanísticos y provechosas risas, provocadas por un sentido del humor más que peculiar.

Porque es habitual que sus filmes activen la segregación de endorfinas, aun no siendo cómicos en sentido estricto… o no sólo. La obra de Kaurismäki es tan singular, particular y personal como él mismo. Gigantón de aspecto huraño, tan adicto al tabaco y el alcohol como, en el fondo, tierno y conmiserativo.

Enamorado de Portugal, donde vive parte del año, es autor de un cine inconfundible e inclasificable. Así es, aunque parezca encajonado en las convenciones de géneros como el cine negro, el drama social —centrado en los márgenes humanos y urbanos finlandeses o en la inmigración africana y asiática llegada a Europa— o la comedia.

«Fallen Leaves» encaja en esta última categoría, al menos para mí y mi amigo, que igual somos hispanos algo sui géneris con algún gen nórdico oculto —que no creo, aunque nos encanten la musicalidad del finés y el folk de aquellos lares—.

El caso es que «Fallen Leaves» es como mínimo el mejor filme de Kaurismäki en años, además del que más me ha hecho reír, de la decena larga de su obra que llevo vista hasta ahora, entre cortos y largometrajes.

No obstante, advierto que Kaurismäki provoca la risa de maneras inversas a las usuales, motivo por el que puede llegar a ser muy desconcertante. Emplea para ello autorales referentes fílmicos de apariencia tan contrapuesta entre sí, como el hieratismo cómico del genial Buster Keaton y el dramático de los misteriosos personajes del francés Robert Bresson. Todo ello aderezado con una precisa parquedad verbal, tan elocuente como desatornillante -más que desternillante-. Un meritorio cóctel, servido en un audaz contraste con aire de engendro friki, que funciona a la perfección.

Pero el asunto no queda ahí. Aunque pasada por el espejo deformado —auténtico esperpento— kaurismäkiano, la realidad interna de «Fallen Leaves» vuelve a ser la habitual y definitoria del finlandés: personajes abrumados por la soledad, el paro, una perpleja marginalidad… en el seno de una sociedad más glacial que opulenta.

Con todo, Kaurismäki es tan audaz que, insisto, esta vez ha concebido, producido, escrito y dirigido una historia en clave de comedia romántica. Un par de solitarios currantes precarios —ella, una chica preciosa y corajuda; él, un tipo más raro que un extraterrestre de vacaciones en Moralzarzal—, se echan el ojo, se enamoran y demás.

Las materias primas de Kaurismäki siempre son reelaboradas por la estilización: dramatizaciones de inmóviles y lacónicos personajes que dialogan con cara de palo y mirada perdida; iluminaciones artificiales flúor y fosforescentes, colores pop, interiores y mobiliarios de diseño retro, vasto repertorio de guiños cinéfilos integrados en diálogos, dirección artística o puesta en escena; aguda crítica a la actualidad por vía radiofónica —esta vez en torno a la guerra de Ucrania—; banda sonora plagada de éxitos autóctonos —por ejemplo, la película concluye con una versión en finés de «Las hojas muertas», que titula la película…—, etc.

Pero toda esta curiosa panoplia de recursos interpretativos, dramáticos, técnicos, escenográficos, musicales… es ahormada mediante una depurada estilización, que persigue un lenguaje de formas y fondo esenciales. Un camino, finalidad en sí mismo.

Kaurismäki comparte inquietudes temáticas de otros autores europeos, como el franco-armenio Robert Guédiguian, los británicos Mike Leigh y Ken Loach o los extraordinarios hermanos belgas, Luc y Jean-Pierre Dardenne.

Pero entre éstos, quien más quien menos, debe mucho a movimientos como el Neorrealismo, la Nouvelle Vague o el Cinéma Verité. No tanto Kaurismäki, quien parece poseer una singularidad estilística en que preservar una aparente autosuficiencia, con esa mirada suya, tan original pero tributaria, coherente y exclusiva, única y misericorde.

ESCRITO POR:

Enamorado de las buenas historias, sean la del cine o las narradas en las películas que ve y los libros que lee. Sobre ellas piensa, habla y procura escribir en La Occidental y otras publicaciones. Es autor «John Ford en Innisfree: la homérica historia de 'El hombre tranquilo' (1933-1952)» y coautor de los libros Cine Pensado, entre otros.