El primer recurso

domingo, 18 de diciembre de 2022

Amanda Slater (flickr)



A pesar de la invasión, Kvitka, con seis años, ha comenzado el colegio este curso en Leópolis (Ucrania) y Maryana, su madre, comenta alegre que «a los niños ya les enseñaron antes qué tienen que hacer en caso de una alerta aérea y ya tuvieron una de prueba. Mi hija ha estado yendo a una guardería desde abril, así que está acostumbrada a las evacuaciones».

Una madre feliz y fuerte, esperanzada con el colegio «que tiene dos refugios antibombas para todos los niños», ilusionada por este curso escolar. No se ha quejado por la ratio, el comedor, las extraescolares o por el profe nuevo.

Serhiy Gorbachov, para mí el héroe educativo de los ucranianos, ha mantenido esta esperanza. Se ha quejado menos que la UNICEF y se ha dedicado a aprovechar el terreno ganado on line durante el covid para mantener un centro de enseñanza en línea para todos los ucranianos dentro o fuera del país, con más recursos que muchos de los que nos enorgullecemos los innovadores twitteros y supertiktokers del oeste. Y eso en plena guerra.

Ofrecen versiones digitales de los libros de texto para todos, programas para niños con necesidades educativas especiales y una página web específica para educación «en situaciones de emergencia», sin contar que la guerra lo sea.

Gorbachov afirma que el reto es único: que todos los estudiantes siempre tengan clase, pase lo que pase. No repite ni se lamenta de que se han destruido 270 escuelas ni de que haya muchos desplazados. No se queja. Al revés, habla de «bendición» refiriéndose a la experiencia acumulada durante la pandemia.

Su preocupación no es cómo evaluar con la LOMLOE, sino cómo saltarse el programa educativo ruso implantado en muchas escuelas. No es por nada, pero cuando yo mismo visité hace años una escuela de la frontera polaca, todavía el único mapa del aula era de la «URSS» y todo estaba en ruso.

Maryana estaba contenta este trimestre porque algunos días en el colegio su hija Kvitka ha disfrutado la jornada escolar sin interrumpir sus clases en el aula por alarma antiaérea. ¡Qué bien!

Me gustaría ser profesor en Ucrania, donde la esperanza no es lo último que se pierde, sino el primer recurso educativo, la mejor arma. Y lo sigue siendo en la blanca Navidad ucraniana.

ESCRITO POR:

Adrianey Arana es profesor de colegio y autor de «Escúchame con los ojos».