sábado, 5 de septiembre de 2026
Escuela de Atenas (detalle), de Rafael Sanzio | Museos Vaticanos
Por primera vez desde hace unos 25 siglos, la inmensa mayoría de los políticos que mandan en los países occidentales no tienen el menor conocimiento de las dos lenguas clásicas de las que vienen toda nuestra Cultura y nuestra Civilización; ni las han estudiado en sus años de formación, ni tienen idea de la importancia que esas lenguas tienen y tienen que tener.
En 1986 España entró en la Comunidad Económica Europea (entonces se llamaba así lo que hoy llamamos Unión Europea) y un año después tuve la oportunidad de ser destinado como profesor en la Escuela de esa CEE en Luxemburgo. Luxemburgo ha sido el lugar de nacimiento de muchas de las Instituciones que, de una u otra forma, después del inmenso y trágico fracaso que fueron las dos Guerras Mundiales, han buscado la unión de los países europeos, empezando, en 1951, por la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero, creada por Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Alemania Occidental, Francia e Italia), embrión de todo lo que vino después. Mi estancia en aquellos años ochenta en Luxemburgo me permitió conocer a algunos veteranos funcionarios de esos organismos europeos; y recuerdo cómo algunos de ellos me hablaron de las tensiones que se generaron a la hora de determinar cuál tenía que ser la lengua oficial de esas Instituciones. Y para mí fue una enorme sorpresa que me dijeran que hubo un momento, en los años cincuenta, en los que se llegó a pensar muy seriamente que podría ser el latín.
Me decían que los más notables e influyentes entre los llamados padres de Europa, el italiano -nacido en una ciudad que entonces formaba parte del Imperio Austrohúngaro- Alcide De Gasperi (1881-1954), el alemán Konrad Adenauer (1876-1967) y el francés -nacido y educado en Luxemburgo- Robert Schuman (1886-1963), habían hecho sus estudios secundarios bajo el sistema que, inspirado por Wilhelm von Humboldt (1767-1835), crearon los gobiernos de Bismarck, con el examen del Abitur (Bachillerato) para acceder a la Universidad; estudios que incluían el Latín y el Griego como materias fundamentales. Y que para los tres y para muchos de los funcionarios de entonces el latín no era algo ajeno. Aparte de que entonces la Iglesia Católica tenía el latín como lengua en toda su liturgia y en sus documentos y estos tres políticos tan importantes eran católicos fervorosos (quizás poca gente sepa que De Gasperi y Schuman ya han sido declarados “Siervos de Dios” y tienen incoados sus procesos de beatificación).
La influencia de Humboldt también llegó a la Francia de la Tercera República, que creó un bachillerato (Baccalauréat) en el que las lenguas clásicas ocupaban un lugar fundamental. También en España, desde la Ley Moyano, se estudiaba Latín en los años de Bachillerato, aunque poco Griego. Pero algo es algo. La España que en el siglo XVI había asombrado al mundo con la extraordinaria Biblia Políglota Complutense (latín, griego, hebreo y arameo), en el XIX había decaído mucho en los estudios helenísticos.
Esos planes de estudios alemanes, franceses o españoles se creaban para ordenar ya los estudios del conjunto de los ciudadanos en las lenguas de sus respectivos países, pero sin abandonar el conocimiento de las clásicas. No hay que olvidar que, en las Universidades de Europa, desde su creación por impulso de la Iglesia en el siglo XII hasta finales del siglo XVIII, se había estudiado casi todo en latín (Newton, por ejemplo, publicó en Cambridge sus “Principia” en 1687 en latín).
O sea que, desde que en el siglo V llegan los bárbaros y, en vez de imponer sus lenguas, hacen suyo el latín, hasta mediado el siglo XX, cuando en la CECA se llegó a considerar la posibilidad de que esa lengua fuera la oficial, todos los políticos y las clases dominantes de los países de Occidente se habían dado más de un baño en las lenguas clásicas.
Eso no quiere decir que fueran filólogos especializados (aunque, por ejemplo, De Gasperi lo era), pero sí que en el ambiente en el que se habían formado circulaban el Latín y el Griego. Lo que llevaba consigo una importante consecuencia y era que, para preparar a los profesores de las lenguas clásicas, las universidades tenían facultades en las que estos filólogos no paraban de estudiar e investigar sobre la impresionante producción intelectual que los griegos y los romanos nos han dejado, de la que viene toda nuestra Cultura.
Desde Mayo del 68, que quizás sea la revolución que está teniendo consecuencias más duraderas y profundas de todas las que se han producido desde la Francesa de 1789, el afán igualitarista de todas las reformas educativas que han tenido lugar en nuestros países se ha manifestado constantemente en una persecución de las lenguas clásicas. De ahí que los últimos que tuvimos la suerte de respirar algo de latín y griego en nuestros estudios secundarios seamos ya septuagenarios. Y de ahí que, si las columnas vertebrales de Occidente son Grecia, Roma y el cristianismo, sea evidente que a Occidente le queda un cuarto de hora de vida.
Es verdad que no todos los chicos en edad escolar están capacitados para zambullirse en el estudio de la morfología, la sintaxis y la semántica de esas lenguas, como tampoco pueden todos dar el salto de comprender el cálculo infinitesimal en Matemáticas, pero es suicida no tener un plan de estudios que permita que los más capacitados, desde que terminan su Primaria, a los 11 o 12 años, puedan meterse en el impresionante mundo de las lenguas clásicas.
ESCRITO POR:
Licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense, Profesor Agregado de Lengua y Literatura Españolas de Bachillerato, Profesor en el Instituto Isabel la Católica de Madrid y en la Escuela Europea de Luxemburgo y Jefe de Gabinete de la Presidenta del Senado y de la Comunidad de Madrid, ha publicado innumerables artículos en revistas y periódicos.
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