«El Gatopardo», de Giuseppe Tomasi de Lampedusa

domingo, 24 de marzo de 2024

Burt Lancaster y Claudia Cardinale en El gatopardo (1963) | 20th Century Fox



Ganar corazones para la literatura (V)

En 1958, unos meses después de la muerte de su autor, la editorial Feltrinelli, yendo a contracorriente de todas aquellas editoriales italianas que habían rechazado el manuscrito, saca a la luz «El Gatopardo». Mario Vargas Llosa, en el excelente ensayo que le dedica a esta novela en su libro «La verdad de las mentiras», afirma con contundencia que desde aquel entonces no se ha vuelto a publicar una novela que pueda rivalizar con ella en tres cosas: la fuerza descriptiva, el poder de la invención y la delicadeza de su textura narrativa.

La acertada pregunta que el premio Nobel se hace es la de cómo fue posible que, en pleno furor existencialista, en el que se les obligaba a los hombres y a las mujeres de letras a tomar partido a favor de la idea marxista de justicia y progreso, apareciera ese milagro que es la novela de Lampedusa.

Creo que para responder a esta pregunta es imprescindible decir algo acerca de la vida del autor. Nacido en Palermo el 23 de diciembre de 1896 en el seno de una antiquísima familia que asistía impasible al declive de su prosperidad, casado con la baronesa de origen letón Alexandra Wolff Stomersee, que pronto se convirtió en una prestigiosa psicoanalista, Giuseppe Tomasi pasó buena parte de su vida en su Palermo natal. Y lo hizo entregado a una rutina rigurosa en la que ocupaban parte de ella las horas consagradas a escribir cartas, las abundantes lecturas (podía leer en cinco lenguas, entre ellas el español, que aprendió ya hacia el final de su vida) y las visitas a los cafés. Precisamente en un café, el Mazzara, comenzó a escribir El Gatopardo a finales de 1954 para terminarlo dos años después. Es decir, su vida fue la de un impenitente lector, lo que le proporcionó una vastísima cultura literaria; y la de un hombre aislado por propia voluntad de los cenáculos literarios italianos del momento, lo que le permitió ser un escritor libre y no tener que pagar hipotecas literarias. También fue un hijo siempre fiel a su Sicilia materna; en fin, un escritor que a los 58 años cogió la pluma para, destilando toda la quintaesencia de sus lecturas, todo lo que conocía de su estirpe y, esencialmente, dándole vida literaria a la tierra que tanto amaba, legar a la posteridad una obra maestra.

Se ha señalado que el modelo del príncipe Fabrizio de Salina, el protagonista de El Gatopardo, fue un antepasado de Tomasi di Lampedusa: su bisabuelo don Giulio Maria Fabrizio, matemático y astrónomo, descubridor de dos asteroides. Se casó con la marquesa Maria Stella Guccia, y murió en Florencia, de tifus, en 1885, es decir, dos años después que el personaje del que fue modelo. Está enterrado en Palermo, en el cementerio de los Capuchinos, muy cerca de su bisnieto, el autor de la novela.

De modo que, como suele ocurrir, Giuseppe Tomasi echó mano de sus propios recuerdos personales y familiares para escribir una obra en la que la nostalgia y la melancolía enmarcan los ocho capítulos, las ocho estampas en las que ―y es una feliz expresión de Vargas Llosa― el tiempo ha sido congelado. La novela se inicia en mayo de 1860, con el desembarco de las tropas de Garibaldi en Sicilia, y se cierra en 1910, con el desmantelamiento por el cardenal de Palermo del almacén de reliquias de santos de la familia Lampedusa.

El príncipe de Salina es el último de un linaje gobernado por la pereza y la inactividad que contempla su propia ruina sin pestañear. Tal vez la metáfora más poderosa que nos sirve para explicar el ocaso de esa estirpe está al final de la novela. Me refiero a la escena en la que Concetta, una de las hijas del príncipe, le dice a la criada que «este perro [Bendicò, que está disecado y que ha sido fiel compañero de Fabrizio de Salina durante años] se ha apolillado demasiado y tiene ya mucho polvo. Llévatelo. Tíralo».

Con todo, creo que para entender en toda su grandeza esta novela es necesario tener muy presente que la gran protagonista de la obra es la propia Sicilia y sus habitantes. El ambiente, el clima, el paisaje siciliano son tan protagonistas como el propio príncipe o como don Calogero Sedàra o como Tancredi. Un universo en donde la exaltada sensualidad y la voluptuosidad siciliana podemos percibirlas, por ejemplo, en el capítulo 6, el del baile en Palermo al que acude el príncipe de Salina junto con otros aristócratas y junto con integrantes de la naciente burguesía. Este pasaje se convierte en un perfecto bodegón en el que se exaltan los sentidos gracias a la exquisitez de un lenguaje capaz de hacer que el lector perciba en su mente lo visual, lo táctil y lo auditivo.

 He mencionado el baile y claro está que a los lectores le habrá venido a la memoria de inmediato la película homónima de Luchino Visconti, en la que el director italiano rueda con una sobresaliente maestría y sensibilidad fílmica el famoso baile en el que brillan de manera especial Burt Lancaster (Fabrizio Salina) y Claudia Cardinale (Angelica Sedàra). Una escena que es, como ocurre en el texto literario, todo un sutil banquete para los sentidos, pero que en la que también el cineasta italiano retrata, como había hecho el propio Lampedusa, magníficamente una sociedad en decadencia.

Lo mismo cabe decir del capítulo o estampa cuarta: cuando Tancredi y Angelica, los representantes jóvenes de ese nuevo mundo que está por llegar, corretean por la mansión del príncipe en Donnafugata, por los pasillos, por las habitaciones vacías y abandonadas. Tal y como ha sido señalado con mucho acierto, Lampedusa nos transporta a un mundo mágico, no exento de erotismo, que es casi una alucinación surrealista.

Pero «El Gatopardo» es, sobre todo, el canto del cisne del propio príncipe de Salina. Y eso lo vemos con toda brillantez e intensidad narrativa en el capítulo 7, el de la muerte de don Fabrizio. Es un capítulo sencillamente magistral, no sólo por cómo Lampedusa ambienta y relata los últimos momentos de su protagonista, sino especialmente por la parte en la que el príncipe hace recuento y balance de su existencia que está acabándose, en el que evoca lugares y personas, incluso los momentos de felicidad, para concluir con esta terrible y amarga sentencia: «Tengo setenta y tres años; en total habré vivido, realmente vivido, un total de dos… todo lo más tres». Es decir, ¡tantos dolores y hastíos!, ¡tanto orgullo inútil!

Y no, no se me ha olvidado la frase por antonomasia del gatopardismo,  la que el autor puso en boca del ambicioso Tancredi, arquetipo de los dueños de la nueva Italia: «Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie». ¿Acaso no fue esa frase el rejón de muerte que fue acabando lenta, pero ineluctablemente, con la vida del príncipe de Salina?; el último de una generación desgraciada, como así el propio don Fabrizio la calificó, «a caballo entre los viejos y los nuevos tiempos, y que se encuentra a disgusto con unos y otros».

ESCRITO POR:

Francisco de Asís Florit Durán es Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Murcia