El antisemitismo contemporáneo

jueves, 28 de diciembre de 2023

Claudine Gay, hasta hace poco rectora de la Universidad de Harvard, en su declaración ante el Comité de Educación del Congreso de EE.UU. el pasado 5 de diciembre de 2023 | Congreso de los EE.UU.



Joseph Roth vivió entre 1894 y 1939. Nació en la Galitzia, una región de mayoría eslava que entonces formaba parte del Imperio Austrohúngaro y que ahora se reparten Polonia y Ucrania. Era de una familia judía. Estudió en Viena y, por edad, le tocó participar en la I Guerra Mundial dentro del ejército austrohúngaro. Al acabar esa terrible guerra se hizo periodista y empezó a escribir en publicaciones en lengua alemana, que le hicieron viajar por muchos sitios; entre otros, por la Unión Soviética, lo que le permitió conocer lo que allí estaba pasando en los primeros años de Stalin (dejó escrita, incluso, una especie de novela, «El profeta mudo», con un trasunto de Trotski como protagonista, que expresa muy bien algunas de las contradicciones, las aspiraciones y los sentimientos de los revolucionarios de aquella época).

Probablemente ese conocimiento directo del socialismo real fue una de las razones que le llevaron a valorar cada vez más la monarquía de los Habsburgo, en la que él había nacido, y la forma en que, en el siglo XIX, aquel régimen conjugaba la autonomía de las naciones que lo formaban con un proyecto común que auspiciaba el desarrollo y la prosperidad de sus ciudadanos.

Cuando en 1933 Hitler llegó al poder, Roth, que vivía entre Berlín y Viena, se exilió y ya vivió en París la mayor parte del tiempo hasta su temprana muerte con sólo 45 años. Durante toda su vida no sólo ejerció como periodista, sino que también fue escribiendo novelas, algunas de las cuales tuvieron enorme éxito.

En definitiva, Roth vivió en primera persona algunos de los acontecimientos más trascendentales del primer tercio del siglo XX: la I Guerra Mundial, la desaparición del Imperio Austrohúngaro, la Revolución Soviética y la llegada de Hitler al poder. Y no sólo los vivió, sino que, como demuestran sus escritos, se enteró especialmente bien de lo que pasaba a su alrededor, de manera que leer hoy a Joseph Roth, que, con una portentosa inteligencia y sensibilidad, escribía en caliente de lo que estaba viviendo, es una de las mejores formas de entender lo que aquellos acontecimientos han significado para la Historia posterior.

En 2004 la prestigiosa Editorial Acantilado publicó «La filial del infierno en la Tierra», un libro en el que se recogen los principales artículos que nuestro autor escribió desde su exilio parisino y que, como el mismo nombre indica, trata de la ascensión del nazismo, convertido en eso, una «filial del infierno».

Él, que iba a acabar convertido al catolicismo, en esos artículos se proclama escritor alemán de origen judío y, por tanto, perseguido y prohibido por Hitler. Hay que saber que sus obras fueron de las que se quemaron oficialmente en 1933, justo cuando empezaba la dictadura nazi. En sus artículos desde el exilio reivindica el papel de los escritores como él, que escribían en alemán y eran judíos, en la defensa de la civilización europea, es decir, occidental, frente a la agresión y barbarie nazi.

Al analizar el lugar que el cristianismo ocupa dentro de nuestra civilización occidental y denunciar al nazismo como el enemigo más terrible de esta civilización con su implacable persecución de los judíos, llega a una conclusión que hoy, noventa años después y a la vista de lo que está pasando en los países occidentales, cobra especial relevancia. Dice textualmente el escritor austríaco: «los alemanes de hoy no odian a los judíos por haber crucificado a Jesucristo, sino porque fueron ellos los que lo trajeron al mundo». Esta afirmación supone un giro de ciento ochenta grados en la interpretación de las causas del antisemitismo.

Efectivamente, el antisemitismo popular que ha infectado nuestros países desde la Edad Media, tenía su raíz en acusar a los judíos de haber matado al Hijo de Dios. Pero ahora el antisemitismo que infecta nuestros países, empezando por las elitistas universidades de la Ivy League y terminando por Sánchez y sus socios y que se manifiesta en un odio cerval a Israel y en un apoyo incondicional a cualquier terrorista que lo ataque, está motivado por ese deseo, cada vez menos disimulado, que los neocomunistas, los wokistas y sus compañeros de viaje, como los socialistas españoles, tienen de acabar con la civilización occidental, de la que el cristianismo es uno de sus pilares. Un cristianismo que, como ya explicaba el admirable Roth, es obra de un judío; por eso ahora el odio a los judíos busca su razón de ser en haber sido un judío el que trajo el cristianismo a este mundo.

Porque sin el cristianismo no puede entenderse la civilización occidental; y por eso mismo es objetivo a destruir por todos los que quieren acabar con ella. Y como Israel es la avanzadilla de nuestra civilización en un mundo que ni tiene nuestros valores ni los quiere tener, de ahí el odio a los judíos en general y la simpatía y apoyo a todos los que quieren acabar con ellos. Roth, hace casi un siglo, lo vio con una claridad apabullante en el caso de Hitler, que también quería acabar con los fundamentos de nuestra civilización, uno de los cuales viene, sin duda, del cristianismo, fundado por un judío.

ESCRITO POR:

Licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense, Profesor Agregado de Lengua y Literatura Españolas de Bachillerato, Profesor en el Instituto Isabel la Católica de Madrid y en la Escuela Europea de Luxemburgo y Jefe de Gabinete de la Presidenta del Senado y de la Comunidad de Madrid, ha publicado innumerables artículos en revistas y periódicos.